A continuación se presenta la vida de un gran artista, diamante en bruto que su talento fue descubierto al final de sus
dias.
HENRY DARGER
Henry Darger era el portero más antiguo del
Hospital St. Joseph de Chicago. Las enfermeras lo recuerdan como un viejo
malhumorado que pasaba sus días libres revisando la basura y sus noches
durmiendo sobre una silla de madera desvencijada. Dicen que llevaba los
anteojos pegados con cinta adhesiva y la billetera atada a la cintura con un
cordón de zapatilla. Vivía en una habitación en la calle Webster, iba a misa
todos los días, hasta cinco veces por día y, ante los ojos de los vecinos, parecía
el hombre más apático de la tierra. Nadie sabía que desde 1909 Darger estaba
creando y compilando un trabajo artístico de proporciones épicas. Apretujado
entre su colección de pelotas, pilas de diarios hasta el cuello, botellas de
Pepto-Bismol y figurines de Madonna, protegido debajo de una gruesa capa de
polvo, giraba su mundo, un reino donde virtuosas niñas de vestidos punto smock
se enfrentaban a mares encabritados y ejércitos sangrientos. Y Darger lo
mantuvo ahí, encerrado bajo siete llaves, durante más de cuarenta años.
Pero unos meses antes de morir, en 1973, a los 81
años, decretó que necesitaba mudarse de casa: sus piernas estaban demasiado
débiles para subir la escalera, farfulló. Entonces hubo que limpiar el Vietnam
que había dejado atrás. Y ahí apareció lo que uno de los hombres de la mudanza
llamó “un libro para un gigante”. Era su ópera magna, The Realms of the Un real:
doce volúmenes, más de 15.000 páginas (escritas a máquina y sin espacio entre
líneas) de prosa hipnótica, y cientos de acuarelas gloriosas que toman la
cabeza como un virus descontrolado que se propaga por las habitaciones de la
mente.
Tan así que la asombrosa producción de Darger llevó
a la directora Jessica Yu a filmar In the Realms of the Un real: the Mysterious
Life and Art of Henry Darger, documental que en unos meses compite por el
Oscar. “Había algo en la falta total de ironía, en la forma en que el artista
concebía esas imágenes, sin guiños ni ingenio evidente, que me conmovió.” Es
que la pregunta central de la historia de Darger y aquella que empuja el
documental parece ser la misma: ¿puede uno vivir solamente dentro de su cabeza?
Como en un trip religioso, el trabajo de Darger es
una historia a lo Scheherazade sobre las siete dulces hermanitas Vivian,
princesas de Abbiennia, heroínas de entre cinco y ocho años que libran una
batalla contra las fuerzas del mal: un planeta copado por los Glandelianos,
hombres que toman como esclavos a los niños, los torturan, estrangulan y, más
tarde, desmiembran. Las Vivian luchan contra ejércitos gigantescos y sobreviven
a erupciones de volcán, tormentas eléctricas, inundaciones e incendios
forestales, todo para salir intactas y rozagantes con los ojos abiertos como
Pokemón. Con una avalancha de detalles opresiva, Darger utilizó acuarelas para
crear jardines edénicos, dragones, mapas, banderas, retratos de generales y
escenas panorámicas de batallas. El efecto es bíblico: en especial en los
cientos de acuarelas pintadas sobre rollos de hasta de 4 metros que ilustran la
historia. La narración compacta y los colores que van del fluorescente al
pastel dan a las imágenes un aire de capilla del temprano Renacimiento, de
tapicería de Bayeux y de cartón de LSD, todo en uno. The Realms es un híbrido
fabuloso, una maratónica escena pastoral y, a la vez, una carnicería humana
digna de los hermanos Chapman, donde niñas desnudas y con penes son
estranguladas por ejércitos de hombres adultos. Mirar las imágenes de Darger es
como entrar en trance. Son pedazos que se despegan de las paredes de un
subconsciente angustiado, que se debate entre la felicidad sin límites y los
tormentos psicológicos en carne viva.
Eso era el fabuloso mundo de Darger de puertas para
adentro.
De puertas para afuera, nadie lo conocía. Era tan
solo el loco del barrio, un hombre que emitía un gruñido seco cuando alguien lo
saludaba, que tuvo un solo amigo, William Schloeder, un vecino con quien formó
un club de dos miembros, la Sociedad Protectora de los Niños, y que sobre todo,
odiaba conversar, a no ser que fuera sobre el clima.
Desde el 31 de diciembre de 1957 al 31 de diciembre
de 1967, Darger llevó una serie de anotadores, los Reports, en donde
diariamente anotó comentarios y reflexiones sobre el clima en Chicago. La tapa
describe el proyecto con entusiasmo enciclopédico: “Un libro sobre reportes de
temperaturas, cielos parcialmente nublados a despejados, nieves, lluvias,
tormentas de verano, tormentas de invierno, bajas temperaturas y largos
calores”. Pero básicamente Reports es una pelea sostenida con el hombre del
servicio meteorológico y, como si efectivamente el pobre tipo fuera el
intermediario entre los cielos y la tierra, Darger parece enojarse cuando éste
no lee correctamente las señales del tiempo: “Enero 20, 1963: tenía razón en
predecir una nevisca y en que soplaría mucho viento, pero la nieve era muy
ligera. Dijo que habría poco cambio en la temperatura y en eso se equivocó. En
cambio estaba en lo cierto acerca del viento del noroeste, pero equivocado en
cuanto a que crecería hasta 28 millas por hora. Estuvo más bien entre 30 y 40
millas”.
Las tormentas ciclópeas, los vientos huracanados y
nubes tentaculares aparecerían más tarde en sus imágenes. Porque Reports no es
simplemente el registro de una obsesión sino lo que hoy llamaríamos un proyecto
conceptual que duró exactamente diez años y terminó con la palabra “fin”. Es un
sumergimiento total en una conciencia meteorológica.
El pasado de Darger es nebuloso: además de la
novela, las ilustraciones y sus reportes climáticos, Darger dejó un diario
íntimo y una autobiografía, Historia de mi vida, un relato de 5000 páginas de
las cuales dos tercios están dedicadas a describir un tornado que él llama
Sweetie Pie. Cuenta ahí que su madre murió al dar a luz a su hermana menor y
que su padre, aturdido por el dolor, decidió dar a la niña en adopción. “Nunca
la conocí ni la vi, ni siquiera supe su nombre”, escribió Darger. Pero los
críticos aseguran que la pequeña habita cada uno de los trabajos del artista.
A los ocho años Darger fue internado en un colegio
católico, La Misión de Nuestra Señora de la Piedad, donde se trenzaba en largas
discusiones sobre la Guerra Civil con su maestro y entraba en trance ante una
nube en el cielo. Fue allí cuando sus compañeros lo apodaron El Loco. A los 12
años fue enviado a Illinois a un asilo para débiles mentales y cinco años
después, luego de varios intentos frustrados, Darger logró escabullirse y se
marchó a Chicago.
Tenía dieciocho años cuando comenzó a escribir su
novela. La terminó once años más tarde. Y en algún momento del proceso decidió
que necesitaba ilustrar sus palabras. En 1932 alquiló una habitación en una
calle Webster 851. El propietario, el fotógrafo Nathan Lerner, intentó durante
varios meses tomarle unas fotografías. Pero Darger se negaba a posar. Lerner
quería sumarlo a sus colecciones de “locos del barrio” y colgar su retrato
junto a la mujer que se guardaba las colillas de cigarrillo en el cabello y el
hombre que paseaba con su pato bajo el brazo: “En realidad, había una sola
criatura viva a la que Darger le demostraba cariño: nuestro perro”. Un día, la
mujer de Lerner ingresó a la habitación a cambiar una bombita de luz y vio
algunos de sus dibujos desparramados. “Henry –le dijo–, eres un muy buen
artista.” Y Darger sin darse vuelta contestó: “Sí, lo soy”. Su diario íntimo
registra sus visitas a misa, sus batallas contra las pelotas de hilo, su
fastidio con la vejez: “¿Pueden creerlo? Al contrario de la mayoría de los
niños, odiaba ver llegar el día en que sería grande. Quería ser joven para
siempre. Ahora soy un viejo rengo, diablos”.
En 1972, Darger buscó otro lugar para vivir. Pronto
las Pequeñas Hermanas de los Pobres lo habían bañado, afeitado y peinado. “Pero
ya no parecía Henry”, dijo Lerner. Entonces aún no sabían que al dejar su
habitación Darger había dejado su vida. Murió en 1973. Un día antes lo vieron
en el café de la esquina terminando de pulir la lista de las ilustraciones que
faltaban.
John Ashbery (que, inspirado por la saga de las
Vivian, escribió el poema Girls on the Run) dijo que Darger era tan solitario
que nadie sabe a ciencia cierta cómo se pronunciaba su nombre (si la g era
fuerte o suave). Y cuando le preguntaron el porqué de su elección el poeta dijo
tan solo que había quedado fascinado por los vestidos y zapatos de las
hermanitas. Como la explicación de Rick Blaine acerca de haber elegido
Casablanca por sus aguas, la de Ashbery suena a elusiva. La obra de Darger es
tanto sobre cosas de niñas como las muñecas del surrealista alemán Hans Bellmer
lo eran.
Nunca sabremos qué ideas tenía este solitario sobre
niñas en jumpers jugando en patios escolares. Pero no estaba solo en su
fantasía: la idea de una dulce niñita –Alicia, Caperucita, Gretel, Ricitos de
Oro, Laura Palmer– siendo acosada por fuerzas del mal es parte de nuestro
folklore colectivo. Acusado de pedófilo, de asesino serial, Darger alimentó sus
fantasías a lo William Blake, con la caída de ninfas de la inocencia a la
experiencia.
En 1977, el Hyde Park Art Center montó una muestra
de sus trabajos. Para ser exhibidos, los volúmenes de The Realms fueron divididos
y separados. Una decisión muy discutida ya que la muestra atrajo público y
reconocimiento pero también dividió irreparablemente un trabajo que fue pensado
para ser visto en conjunto.
Se lo llamó outsider art, proto-pop, apropiación,
pero el trabajo de Darger, como el de todo artista en serio, trasciende las
categorías. Es, al mismo tiempo, más y menos que eso. Es la experiencia de una
vida destilada dentro de un nuevo paradigma, un opus mitológico. Una guerra con
su psique pulsada por el deseo de tener compañía. Outsider art puede que sea un
concepto marketineramente efectivo, pero es, también, un término que tiende al
equívoco. Suele atraer una perorata de análisis psicobiográfico particularmente
crudo e irritante. En el caso de Darger mucha de la culpa es de John MacGregor,
uno de los primeros historiadores que tuvo acceso al archivo. MacGregor
escribió sobre la compulsión del artista, sobre cómo se excitaba pintando
incendios forestales, sobre cómo la muerte de su madre lo había llevado a obsesionarse
con el clima, sobre cómo no podía distinguir entre la realidad y la ficción. Y
lo importante pasó de largo.
Porque Darger no nos devuelve los ojos de la
infancia sino la infancia en el momento en que ésta se nubla por la
experiencia, aquel instante cuando una bolita de vidrio rodando por el piso de
madera se vuelve tan ominosa como un cometa atravesando el cielo. Con el Edén
perdido, con nuestro camino de regreso bloqueado por una calesita que arde en
llamas, las niñas de Darger nos muestran que hay que seguir corriendo.
ALGUNAS DE SUS OBRAS:

referencias
http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/radar/9-1999-2005-02-11.html